viernes, 30 de enero de 2009

VII: El inspector

El inspector se encontraba ahí cuando la llamada entró a las oficinas de aquella delegación. Un abogado (¿González? ¿Gutiérrez? qué carajos importa) había hecho la llamada. Se trataba de miedo porque de miedo o enojo se trataban todas las llamadas que hacían chirriar esos teléfonos a todas horas del día. Sólo que al inspector Espinoza no le tocaba atender todos los casos que lograban hacer vibrar las alarmas de los aparatos y acceder a la interlocución en aquellas bocinas.
Al inspector Espinoza le tocaba estar en su patrulla, bebiendo un café o, mejor aún, podía haberle tocado estar masticando el tocino de algunos frijoles charros. Pero no. Había entrado a la oficina esa mañana con ganas de encontrarse a Paty leyendo una revista, con ganas de decirle Qué te traes, por qué ya no me hablaste cuando quedamos. Por qué me desatiendes cuando yo ando pensando en tí. Hay ideas que sirven para desperezarlo a uno. Un plan, una razón. Ponerse los pantalones nuevos, tener asignado un nuevo vehículo o saber que Paty va a estar ahí y va a sonreír cuando le pregunte Qué te traes. Por eso desperezarse esa mañana no fue el problema; todo salió mal porque cuando faltaban algunos pasos para llegar al escritorio de Paty, la llamada, aquella, había surtido su efecto, y había que trabajar sin remilgar y sin rajarse. Al inspector Espinoza no le tocaba atender todos los casos que lograban hacer sonar los teléfonos; pero le había tocado este.
–Chingadamadre, la vida es una mierda de la que uno tiene que agarrarse lo más que pueda– Pensó el inspector Espinoza.
Era hora, a falta de frijoles charros, de una línea. El inspector Espinoza no era un policía cualquiera, estaba lejos de ser uno de los de a pie. Tenía su patrulla, su escritorio. Estaba subordinado, sí, pero quién no está subordinado. Algunos piensan que el presidente de la república, pero cuando uno de ellos se atrevió a sugerir que ya no tenía jefe, se le recriminó diciendo que tenía solamente diez millones de ellos. El agente Espinoza piensa que los presidentes no tienen jefe. Para eso se es presidente. Aunque tenía un jefe directo y muchos indirectos, el inspector tenía un buen puesto en la policía, un puesto gordo que ya quisieran muchos de los azules. Espinoza no es un azul. Alguna vez fue uno, pero eso fue hace tiempo, ya ni lo recordaba. Ahora era Inspector. Cuando uno llega al puesto de Inspector en la policía capitalina, conseguir buena cocaína no es un problema; estaba mucho muy lejos de ser un problema, era una de las prestaciones. Pegarle a la coca cuando uno puede conseguir buena y puede pagarla dista de ser un vicio, es un placer. Cosa de conseguir de la buena. La mala hace daño, piensa el inspector Espinoza. Con este nuevo asunto de González (o Gómez) no había tiempo de decirle a Paty Qué te traes, no había tiempo de desayunar frijoles charros; había tiempo de un perico antes de acudir a la oficina del abogado aquél.
El inspector Espinoza se revisó la nariz, se quitó el resto de polvo que le quedaba en las fosas nasales y se chupó los dedos. Sintió el sabor aspirinoso de la cocaína en la lengua. Se fajó bien los pantalones Mossimo y se echó un poco de agua en el cabello. Había que salir galán por si la Paty pasaba casualmente por ahí. Pero no, hoy no era día para Paty, nada de Qué te traes.
Era tan fácil; cosa de entrar, recorrer el pasillo, saludar secamente a algunos compañeros, de los que le tenían respeto, de los que no lo llamaban Oscar sino Espinoza, de los que se cuadran si hay necesidad. Después tomar por las primeras oficinas, hacer como que se va a ver al jefe para cuadrarse también y ser responsable desde la mañana, pero cuando se está por llegar desviarse un poco, tomar a la derecha hacia la sección de papeleos y archivos y decir simplemente Qué te traes. Pero antes del desvío planeado el jefe ya había preguntado si había llegado Espinoza. Había llegado. Te me vas a lo de un asunto que acaba de surgir; un abogado; Gutiérrez. Vas y le preguntas ahorita mismo, que te enseñe. Recibió una amenaza. Te me vas corriendo porque está chingue y chingue. Hórale, te quiero aquí a las dos para que me digas qué pedo se le atoró a ese lic.
Había que ir, sin remilgar y sin rajarse. La ciudad era un asco como todos los días, el tráfico abotagaba las calles y parecía no aguantar más autos ni más sonidos. La celulitis citadina hecha de hombres y máquinas se estría tan agobiante como siempre. Necesario echar lámina. Espinoza sabía cómo echar lámina; meterse entre los autos con la sirena encendida haciendo el mayor ruido posible. Al inspector le hubiera gustado que su sirena hiciera más ruido de el que ya hacía porque los estúpidos coches a su alrededor parecían no escuchar los alaridos de su patrulla exigiendo movimiento, lugar, declarando su urgencia. Una urgencia que no era suya; le tenía sin cuidado el lic. y cualquier chingadera que le hubiera pasado, pero el poder que le otorgaba la placa lo apremiaba al enojo, al chingue su madre déjeme pasar. Las señoras manejando son estúpidas, declaraba Espinoza. Los ancianos deberían quedarse en su casa a que les cambien el pañal. A usted le vale madre pero yo tengo prisa. Pero qué cabrón pendejo, si no tuviera que llegar con el Gomez ese, me bajaba a romperte la madre, hijo de puta, etcétera.
Así todo el camino, Doctor Vertiz, Cuahutemoc, Eje Central, Cinco de Mayo, Isabel la Católica, cruzándolas con dificultad y con alaridos. Los autos se movían dejando pasar más por el ruido que por el interés que despertaba la urgencia de un agente de la policía judicial. Tomar Cuahutemoc para agarrar Universidad. Mierda, piensa Espinoza, hubiera seguido por Cuahutemoc hasta Churubusco. Su putamadre con esa vieja ahí parada. Y más etcétera.
Finalmente (claro) llega. Sube el primer tramo de escaleras como si realmente tuviera prisa y al siguiente tramo se informa a sí mismo que no hay que llegar agitado. Después se informa de que le vale madre. Inmediatamente después, se informa de que la secretaria está bien buena. Al diablo con Paty.
Acá, del lado del narrador, hacemos una concesión al público y le colocamos a Ester un traje setentero de figuras licérgicas y un peinado con final de bucle realizado exprofeso para ese día.
Espinoza piensa Tss, tú qué te traes, en homologación simbólica e inmediata de sus planes con la Paty pero Buenas tardes es lo que dice. Antes de que termine de declara Busco a Gomez, Ester llama a Gutiérrez por el conmutador con la premura de quien tiene un jefe amenazado de muerte y asustado. Muy asustado.
Gutiérrez se asoma por la puerta sudoroso. Pase, dice.
Dentro hablan lo que ya sabemos. Qué más decir. Me han amenazado de muerte, mire nomás, etcétera.

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